Sí, Ellen G. White escribe sobre las siete trompetas del Apocalipsis, principalmente en el contexto de la interpretación histórica profética. Ella destaca la predicción de Josiah Litch sobre la caída del Imperio Otomano, que se basó en la profecía de la sexta trompeta.
Aquí hay algunas referencias clave de sus escritos:
* **Sobre la sexta trompeta y la caída del Imperio Otomano:** Ella narra cómo los predicadores adventistas, incluido Josiah Litch, predijeron la caída del poder otomano en agosto de 1840, basándose en el período de tiempo profético de la sexta trompeta (el segundo ay). Ella escribió: "En el año 1840, otra notable realización de la profecía despertó un interés generalizado. Dos años antes, Josías Litch, uno de los principales ministros que predicaban el segundo advenimiento, publicó una exposición de Apocalipsis 9, prediciendo la caída del Imperio Otomano. Según sus cálculos, esta potencia sería derrocada 'en el año 1840 d.C., en el mes de agosto'" (
GC 334.4)
.
* **Sobre la séptima trompeta:** Ella conecta el sonido de la séptima trompeta con los eventos finales de la historia de la tierra y la culminación del plan de salvación. "La obra de cada uno ha pasado en revisión ante Dios, y ha sido registrada por su fidelidad o su infidelidad. Opuesto a cada nombre en los libros del cielo está anotado, con terrible exactitud, cada mala palabra, cada acto egoísta, cada deber descuidado, y cada pecado secreto, con cada disimulo astuto. Las amonestaciones o reproches enviados por el cielo que han sido descuidados, los momentos perdidos, las oportunidades desperdiciadas, la influencia ejercida para bien o para mal, con sus resultados de largo alcance, todo está registrado por el ángel registrador. La ley de Dios es la norma por la cual los caracteres y las vidas de los hombres serán probados en el juicio. Dice el sabio: 'Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre. Porque Dios traerá toda obra a juicio, con toda cosa secreta, sea buena o sea mala.' Eclesiastés 12:13, 14. Y el apóstol Santiago amonesta a sus hermanos: 'Así hablad, y así haced, como los que habéis de ser juzgados por la ley de la libertad.' Santiago 2:12. Los que en el juicio sean 'tenidos por dignos' tendrán parte en la resurrección de los justos. Jesús dijo: 'Los que fueren tenidos por dignos de alcanzar aquel siglo y la resurrección de entre los muertos, ... son iguales a los ángeles; y son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección.' Lucas 20:35, 36. Y de nuevo declara que 'los que hicieron bien, saldrán a resurrección de vida.' Juan 5:29. Los justos muertos no serán resucitados hasta después del juicio en el que sean tenidos por dignos de la 'resurrección de vida.' Por lo tanto, no estarán presentes en persona en el tribunal cuando sus casos sean examinados y decididos. Jesús aparecerá como su abogado, para abogar en su favor ante Dios. 'Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo.' 1 Juan 2:1. 'Porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero; sino en el mismo cielo, para presentarse ahora por nosotros en la presencia de Dios.' 'Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos.' Hebreos 9:24; 7:25. Cuando los libros de registro sean abiertos en el juicio, las vidas de todos los que han creído en Jesús pasan en revisión ante Dios. Comenzando con los que vivieron primero en la tierra, nuestro Abogado presenta los casos de cada generación sucesiva, y termina con los vivos. Cada nombre es mencionado, cada caso es investigado de cerca. Los nombres son aceptados, los nombres son rechazados. Cuando alguna persona tiene pecados que permanecen en los libros de registro, sin arrepentimiento y sin perdón, su nombre será borrado del libro de la vida, y el registro de sus buenas obras será borrado del libro de memorias de Dios. El Señor declaró a Moisés: 'Al que pecare contra mí, a éste raeré yo de mi libro.' Éxodo 32:33. Y dice el profeta Ezequiel: 'Si el justo se apartare de su justicia, y cometiere maldad, ... todas las justicias que hizo no vendrán en memoria.' Ezequiel 18:24. A todos los que se hayan arrepentido verdaderamente del pecado, y por fe hayan reclamado la sangre de Cristo como su sacrificio expiatorio, se les ha inscrito el perdón junto a sus nombres en los libros del cielo; como llegaron a ser participantes de la justicia de Cristo, y sus caracteres se encuentran en armonía con la ley de Dios, sus pecados serán borrados, y ellos mismos serán tenidos por dignos de la vida eterna. El Señor declara, por el profeta Isaías: 'Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados.' Isaías 43:25. Jesús dijo: 'El que venciere será vestido de vestiduras blancas; y no borraré su nombre del libro de la vida, y confesaré su nombre delante de mi Padre, y delante de sus ángeles.' 'A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos.' Apocalipsis 3:5; Mateo 10:32, 33. El más profundo interés manifestado entre los hombres en las decisiones de los tribunales terrenales no representa sino débilmente el interés manifestado en los atrios celestiales cuando los nombres inscritos en el libro de la vida son presentados ante el Juez de toda la tierra. El divino Intercesor presenta la súplica de que a todos los que han vencido por la fe en su sangre se les perdonen sus transgresiones, que sean restaurados a su hogar edénico, y coronados como coherederos con él en 'el primer dominio.' Miqueas 4:8. Satanás en sus esfuerzos por engañar y tentar a nuestra raza, había pensado frustrar el plan divino para la creación del hombre; pero Cristo pide ahora que este plan sea llevado a cabo como si el hombre nunca hubiera caído. Pide para su pueblo, no sólo el perdón y la justificación, plenos y completos, sino una participación en su gloria y un asiento en su trono. Mientras Jesús aboga por los súbditos de su gracia, Satanás los acusa ante Dios como transgresores. El gran engañador ha tratado de llevarlos al escepticismo, de hacerles perder la confianza en Dios, de separarse de su amor y de quebrantar su ley. Ahora él señala el registro de sus vidas, los defectos de carácter, la desemejanza con Cristo, que ha deshonrado a su Redentor, todos los pecados que los ha tentado a cometer, y a causa de éstos los reclama como sus súbditos. Jesús no excusa sus pecados, sino que muestra su penitencia y su fe, y, reclamando para ellos el perdón, levanta sus manos heridas ante el Padre y los santos ángeles, diciendo: Los conozco por su nombre. Los he grabado en las palmas de mis manos. 'Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios.' Salmo 51:17. Y al acusador de su pueblo le declara: 'Jehová te reprenda, oh Satanás; Jehová que ha escogido a Jerusalén te reprenda. ¿No es éste un tizón arrebatado del incendio?' Zacarías 3:2. Cristo vestirá a sus fieles con su propia justicia, para poder presentarlos a su Padre 'una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante.' Efesios 5:27. Sus nombres están inscritos en el libro de la vida, y de ellos está escrito: 'Andarán conmigo en vestiduras blancas, porque son dignos.' Apocalipsis 3:4. Así se realizará plenamente la promesa del nuevo pacto: 'Perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado.' 'En aquellos días y en aquel tiempo, dice Jehová, la iniquidad de Israel será buscada, y no será; y los pecados de Judá, y no se hallarán.' Jeremías 31:34; 50:20. 'En aquel tiempo el renuevo de Jehová será para hermosura y gloria, y el fruto de la tierra para grandeza y honra, a los que se salvaren de Israel. Y acontecerá que el que quedare en Sion, y el que fuere dejado en Jerusalén, será llamado santo; todos los que en Jerusalén estén registrados entre los vivientes.' Isaías 4:2, 3. La obra del juicio investigador y el borrado de los pecados debe realizarse antes del segundo advenimiento del Señor. Puesto que los muertos han de ser juzgados por las cosas escritas en los libros, es imposible que los pecados de los hombres sean borrados hasta después del juicio en el que sus casos han de ser investigados. Pero el apóstol Pedro declara claramente que los pecados de los creyentes serán borrados 'cuando vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio, y él envíe a Jesucristo.' Hechos 3:19, 20. Cuando el juicio investigador se cierre, Cristo vendrá, y su galardón estará con él para dar a cada uno según sus obras. En la dispensación típica, el sumo sacerdote, habiendo hecho la expiación por Israel, salía y bendecía a la congregación. Así Cristo, al final de su obra como mediador, aparecerá, 'sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan,' (Hebreos 9:28), para bendecir a su pueblo que le espera con la vida eterna. Así como el sacerdote, al quitar los pecados del santuario, los confesaba sobre la cabeza del macho cabrío emisario, así Cristo pondrá todos estos pecados sobre Satanás, el autor e instigador del pecado. El macho cabrío emisario, llevando los pecados de Israel, era enviado 'a una tierra inhabitada;' (Levítico 16:22); así Satanás, llevando la culpa de todos los pecados que ha hecho cometer al pueblo de Dios, será confinado durante mil años en la tierra, que entonces estará desolada, sin habitantes, y finalmente sufrirá la pena completa del pecado en el fuego que destruirá a todos los impíos. Así el gran plan de la redención se cumplirá en el exterminio final del pecado y la liberación de todos los que han estado dispuestos a renunciar al mal. Al final de los mil años, Cristo regresa a la tierra. Le acompaña la hueste de los redimidos, y le sigue un séquito de ángeles. Al descender en terrible majestad, ordena a los impíos muertos que resuciten para recibir su condenación. Se levantan, una hueste poderosa, innumerable como la arena del mar. ¡Qué contraste con los que fueron levantados en la primera resurrección! Los justos estaban revestidos de inmortal juventud y belleza. Los impíos llevan las huellas de la enfermedad y la muerte. Cada ojo en esa vasta multitud se vuelve para contemplar la gloria del Hijo de Dios. A una voz los ejércitos de los impíos exclaman: '¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!' No es el amor a Jesús lo que inspira esta declaración. La fuerza de la verdad arranca las palabras de labios reacios. Así como los impíos fueron a sus tumbas, así salen de ellas, con la misma enemistad hacia Cristo y el mismo espíritu de rebelión. No han de tener una nueva prueba en la que enmendar los defectos de sus vidas pasadas. Nada se ganaría con esto. Una vida de transgresión no ha ablandado sus corazones. Una segunda prueba, si se les concediera, sería ocupada como la primera, en evadir los requisitos de Dios e incitar a la rebelión contra él. Cristo desciende sobre el Monte de los Olivos, de donde, después de su resurrección, ascendió, y donde los ángeles repitieron la promesa de su regreso. Dice el profeta: 'Vendrá Jehová mi Dios, y con él todos los santos.' 'Y se afirmarán sus pies en aquel día sobre el monte de los Olivos, que está en frente de Jerusalén al oriente, y el monte de los Olivos se partirá por en medio, ... y se hará un valle muy grande.' 'Y Jehová será rey sobre toda la tierra. En aquel día Jehová será uno, y uno su nombre.' Zacarías 14:5, 4, 9. A medida que la Nueva Jerusalén, en su deslumbrante esplendor, desciende del cielo, descansa sobre el lugar purificado y preparado para recibirla, y Cristo, con su pueblo y los ángeles, entra en la Santa Ciudad. Ahora Satanás se prepara para la última gran batalla por la supremacía. Mientras estaba privado de su poder e incapacitado para su obra de engaño, el príncipe del mal era miserable e infeliz; pero cuando los impíos muertos son resucitados, y ve las vastas multitudes de su lado, sus esperanzas reviven, y resuelve no rendirse en el gran conflicto. Reunirá a todos los ejércitos de los perdidos bajo su estandarte y por medio de ellos tratará de ejecutar sus planes. Los impíos son los cautivos de Satanás. Al rechazar a Cristo han aceptado el gobierno del líder rebelde. Están listos para recibir sus sugerencias y para hacer sus mandatos. Sin embargo, fiel a su astucia original, no se reconoce como Satanás. Afirma ser el príncipe que es el legítimo dueño del mundo y cuya herencia le ha sido arrebatada injustamente. Se presenta ante sus súbditos engañados como un redentor, asegurándoles que su poder los ha sacado de sus tumbas, y que está a punto de rescatarlos de la más cruel tiranía. La presencia de Cristo habiendo sido retirada, Satanás obra milagros para apoyar sus pretensiones. Hace que los débiles se fortalezcan, e inspira a todos con su propio espíritu y energía. Propone guiarlos contra el campamento de los santos y tomar posesión de la Ciudad de Dios. Con diabólica exultación señala a los innumerables millones que han sido resucitados de entre los muertos, y declara que como su líder es muy capaz de derrocar la ciudad y recuperar su trono y su reino. En esa vasta multitud hay muchos que pertenecían a la raza longeva que existía antes del diluvio; hombres de elevada estatura y gigantesco intelecto, que, entregándose al control de los ángeles caídos, dedicaron toda su habilidad y conocimiento a la exaltación de sí mismos; hombres cuyas maravillosas obras de arte hicieron que el mundo idolatrara su genio, pero cuya crueldad y malos inventos, al contaminar la tierra y desfigurar la imagen de Dios, hicieron que él los borrara de la faz de su creación. Hay reyes y generales que conquistaron naciones, hombres valientes que nunca perdieron una batalla, guerreros orgullosos y ambiciosos cuya aproximación hacía temblar reinos. La muerte no ha producido ningún cambio en ellos. Al salir de la tumba, reanudan el curso de sus pensamientos justo donde cesó. Son movidos por el mismo deseo de conquista que los gobernó cuando cayeron. Satanás consulta con sus ángeles, y luego con estos reyes y conquistadores y hombres poderosos. Consideran la fuerza y el número de su lado, y declaran que el ejército dentro de la ciudad es pequeño en comparación con el suyo, y que puede ser vencido. Planean tomar posesión de las riquezas y la gloria de la Nueva Jerusalén. Todos a la vez se preparan para la batalla. Hábiles artífices construyen instrumentos de guerra. Líderes militares, famosos por sus éxitos, organizan a las multitudes de hombres de guerra en compañías y divisiones. Por fin se da la orden de avanzar, y la hueste innumerable se pone en marcha, un ejército como nunca fue convocado por conquistadores terrenales, como las fuerzas combinadas de todas las edades desde que comenzó la guerra en la tierra nunca podrían igualar. Satanás, el más poderoso de los guerreros, encabeza la vanguardia, y sus ángeles unen sus fuerzas para esta batalla final. Reyes y guerreros están en su séquito, y las multitudes siguen en vastas compañías, cada una bajo su líder designado. Con precisión militar las filas cerradas avanzan sobre la superficie quebrada y desigual de la tierra hacia la Ciudad de Dios. Por orden de Jesús, las puertas de la Nueva Jerusalén se cierran, y los ejércitos de Satanás rodean la ciudad y se preparan para el asalto. Ahora Cristo aparece de nuevo a la vista de sus enemigos. Muy por encima de la ciudad, sobre un fundamento de oro bruñido, hay un trono, alto y sublime. Sobre este trono se sienta el Hijo de Dios, y a su alrededor están los súbditos de su reino. El poder y la majestad de Cristo ninguna lengua los puede describir, ningún lápiz los puede retratar. La gloria del Padre Eterno envuelve a su Hijo. El brillo de su presencia llena la Ciudad de Dios, y se extiende más allá de las puertas, inundando toda la tierra con su resplandor. Cerca del trono están los que una vez fueron celosos en la causa de Satanás, pero que, arrancados como tizones del fuego, han seguido a su Salvador con una devoción profunda e intensa. A continuación están los que perfeccionaron un carácter cristiano en medio de la falsedad y la infidelidad, los que honraron la ley de Dios cuando el mundo cristiano la declaró nula, y los millones, de todas las edades, que fueron martirizados por su fe. Y más allá está la 'gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas, ... de pie delante del trono y en la presencia del Cordero, vestidos de ropas blancas, y con palmas en sus manos.' Apocalipsis 7:9. Su guerra ha terminado, su victoria ha sido ganada. Han corrido la carrera y han alcanzado el premio. La palma en su mano es un símbolo de su triunfo, la túnica blanca un emblema de la justicia inmaculada de Cristo que ahora es suya. Los redimidos entonan un cántico de alabanza que resuena una y otra vez por las bóvedas del cielo: 'La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero.' Versículo 10. Y ángel y serafín unen sus voces en adoración. Al contemplar los redimidos el poder y la malicia de Satanás, han visto, como nunca antes, que ningún poder sino el de Cristo podría haberlos hecho vencedores. En toda esa brillante compañía no hay ninguno que se atribuya la salvación, como si la hubieran alcanzado por su propio poder o bondad. Nada se dice de lo que han hecho o sufrido; sino que la carga de cada cántico, la nota clave de cada antífona, es: Salvación a nuestro Dios y al Cordero. Ante los habitantes reunidos de la tierra y el cielo se realiza la coronación final del Hijo de Dios. Y ahora, investido de majestad y poder supremos, el Rey de reyes pronuncia la sentencia sobre los rebeldes contra su gobierno, y ejecuta justicia sobre aquellos que han transgredido su ley y oprimido a su pueblo. Dice el profeta de Dios: 'Vi un gran trono blanco, y al que estaba sentado en él, de delante del cual huyeron la tierra y el cielo, y ningún lugar se encontró para ellos. Y vi a los muertos, pequeños y grandes, de pie ante Dios; y los libros fueron abiertos; y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras.' Apocalipsis 20:11, 12. Tan pronto como los libros de registro son abiertos, y la mirada de Jesús se posa sobre los impíos, son conscientes de cada pecado que han cometido. Ven exactamente dónde sus pies se desviaron del camino de la pureza y la santidad, cuán lejos el orgullo y la rebelión los han llevado en la violación de la ley de Dios. Las tentaciones seductoras que fomentaron al ceder al pecado, las bendiciones pervertidas, el desprecio de los mensajeros de Dios, las advertencias rechazadas, las olas de misericordia rechazadas por el corazón obstinado e impenitente, todo aparece como si estuviera escrito con letras de fuego. Sobre el trono aparece la cruz; y como una vista panorámica aparecen las escenas de la tentación y caída de Adán, y los pasos sucesivos en el gran plan de redención. El humilde nacimiento del Salvador; su temprana vida de sencillez y obediencia; su bautismo en el Jordán; el ayuno y la tentación en el desierto; su ministerio público, revelando a los hombres las bendiciones más preciosas del cielo; los días llenos de obras de amor y misericordia, las noches de oración y vigilia en la soledad de las montañas; las conspiraciones de la envidia, el odio y la malicia que recompensaron sus beneficios; la terrible y misteriosa agonía en Getsemaní bajo el peso aplastante de los pecados de todo el mundo; su traición en manos de la turba asesina; los terribles acontecimientos de esa noche de horror, el prisionero no resistente, abandonado por sus discípulos más amados, arrastrado bruscamente por las calles de Jerusalén; el Hijo de Dios exhibido con júbilo ante Anás, procesado en el palacio del sumo sacerdote, en el tribunal de Pilato, ante el cobarde y cruel Herodes, burlado, insultado, torturado y condenado a muerte, todo se representa vívidamente. Y ahora, ante la multitud agitada, se muestran las escenas finales: el paciente Sufriente pisando el camino al Calvario; el Príncipe del cielo colgado en la cruz; los sacerdotes altivos y la turba burlona ridiculizando su agonía mortal; la oscuridad sobrenatural; la tierra temblorosa, las rocas destrozadas, las tumbas abiertas, que marcaron el momento en que el Redentor del mundo entregó su vida. El terrible espectáculo aparece tal como fue. Satanás, sus ángeles y sus súbditos no tienen poder para apartar la vista del cuadro de su propia obra. Cada actor recuerda el papel que desempeñó. Herodes, que mató a los niños inocentes de Belén para destruir al Rey de Israel; la vil Herodías, sobre cuya alma culpable descansa la sangre de Juan el Bautista; el débil Pilato, que cedió a la conveniencia; los soldados burlones; los sacerdotes y gobernantes, y la multitud enloquecida que gritó: '¡Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos!' — todos contemplan la enormidad de su culpa. En vano buscan esconderse de la divina majestad de su rostro, más brillante que el sol, mientras los redimidos arrojan sus coronas a los pies del Salvador, exclamando: '¡Él murió por mí!' En medio de la multitud de los redimidos están los apóstoles de Cristo, el heroico Pablo, el ardiente Pedro, el amado y amante Juan, y sus hermanos de corazón leal, y con ellos la vasta hueste de mártires; mientras que fuera de los muros, con todo lo que es vil y abominable, están aquellos por quienes fueron perseguidos, encarcelados y asesinados. Allí está Nerón, ese monstruo de crueldad y vicio, contemplando la alegría y la exaltación de aquellos a quienes una vez torturó, y en cuya extrema angustia encontró un deleite satánico. Su madre está allí para presenciar el resultado de su propia obra; para ver cómo las malas pasiones transmitidas a su hijo, las influencias que fomentó y desarrolló por su ejemplo, han dado frutos en crímenes que hicieron temblar al mundo. Allí están los sacerdotes y prelados papistas, que pretendían ser los embajadores de Cristo, pero que emplearon el potro, la mazmorra y la hoguera para controlar las conciencias de su pueblo. Allí están los orgullosos pontífices que se exaltaron por encima de Dios y pretendieron cambiar la ley del Altísimo. Aquellos supuestos padres de la iglesia tienen una cuenta que saldar con Dios de la que se alegrarían mucho de ser liberados. Demasiado tarde ven que el Omnisciente es celoso de su ley, y que de ninguna manera dará por inocente al culpable. Aprenden ahora que Cristo identifica su interés con el de su pueblo que sufre; y sienten la fuerza de sus propias palabras: 'En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.' Mateo 25:40. Todo el mundo impío está en el banquillo de la acusación ante el tribunal de Dios, acusado de alta traición contra el gobierno del cielo. No tienen a nadie que defienda su causa; no tienen excusa; y se pronuncia contra ellos la sentencia de muerte eterna. Ahora es evidente para todos que el salario del pecado no es la noble independencia y la vida eterna, sino la esclavitud, la ruina y la muerte. Los impíos ven lo que han perdido por su vida de rebelión. El peso de gloria sobremanera eterno y perdurable fue despreciado cuando se les ofreció; pero ¡cuán deseable parece ahora! 'Todo esto,' clama el alma perdida, 'podría haberlo tenido; pero elegí alejar estas cosas de mí. ¡Oh, extraña infatuación! He cambiado la paz, la felicidad y el honor por la miseria, la infamia y la desesperación.' Todos ven que su exclusión del cielo es justa. Por sus vidas, han declarado: 'No queremos que este Jesús reine sobre nosotros.' Como si estuvieran extasiados, los impíos han contemplado la coronación del Hijo de Dios. Ven en sus manos las tablas de la ley divina, los estatutos que han despreciado y transgredido. Son testigos del estallido de admiración, arrebato y adoración de los salvados; y cuando las olas de melodía se extienden sobre las multitudes fuera de la ciudad, todos exclaman a una voz: 'Grandes y maravillosas son tus obras, Señor Dios Todopoderoso; justos y verdaderos son tus caminos, tú, Rey de los santos' (Apocalipsis 15:3); y, postrándose, adoran al Príncipe de la vida. Satanás parece paralizado al contemplar la gloria y la majestad de Cristo. El que una vez fue un querubín cubridor recuerda de dónde ha caído. Un serafín resplandeciente, 'hijo de la mañana;' ¡cuán cambiado, cuán degradado! Desde el concilio donde fue honrado, está excluido para siempre. Ve a otro de pie cerca del Padre, velando su gloria. Ha visto la corona colocada sobre la cabeza de Cristo por un ángel de elevada estatura y majestuosa presencia, y sabe que la exaltada posición de este ángel podría haber sido suya. La memoria le recuerda el hogar de su inocencia y pureza, la paz y el contentamiento que eran suyos hasta que se entregó a murmurar contra Dios y a envidiar a Cristo. Sus acusaciones, su rebelión, sus engaños para ganar la simpatía y el apoyo de los ángeles, su obstinada persistencia en no hacer ningún esfuerzo por recuperarse cuando Dios le hubiera concedido el perdón, todo se presenta vívidamente ante él. Ha revisado su obra entre los hombres y sus resultados: la enemistad del hombre hacia su prójimo, la terrible destrucción de la vida, el surgimiento y la caída de los reinos, el derrocamiento de los tronos, la larga sucesión de tumultos, conflictos y revoluciones. Recuerda sus constantes esfuerzos por oponerse a la obra de Cristo y por hundir al hombre cada vez más bajo. Ve que sus infernales conspiraciones han sido impotentes para destruir a los que han puesto su confianza en Jesús. Al contemplar Satanás su reino, el fruto de su lucha, sólo ve fracaso y ruina. Ha llevado a las multitudes a creer que la ciudad de Dios sería una presa fácil; pero sabe que esto es falso. Una y otra vez, en el transcurso del gran conflicto, ha sido derrotado y obligado a rendirse. Conoce demasiado bien el poder y la majestad del Eterno. El objetivo del gran rebelde siempre ha sido justificarse a sí mismo y demostrar que el gobierno divino es responsable de la rebelión. Con este fin ha doblegado todas las facultades de su gigantesco intelecto. Ha trabajado deliberada y sistemáticamente, y con un éxito maravilloso, llevando a vastas multitudes a aceptar su versión del gran conflicto que ha estado en curso durante tanto tiempo. Durante miles de años este jefe de la conspiración ha hecho pasar la falsedad por verdad. Pero ha llegado el momento en que la rebelión debe ser finalmente derrotada y la historia y el carácter de Satanás desenmascarados. En su último gran esfuerzo por destronar a Cristo, destruir a su pueblo y tomar posesión de la Ciudad de Dios, el archienemigo ha sido completamente desenmascarado. Los que se han unido a él ven el fracaso total de su causa. Los seguidores de Cristo y los ángeles leales ven en toda su extensión las maquinaciones de Satanás contra el gobierno de Dios. Es objeto de aborrecimiento universal. Satanás ve que su rebelión voluntaria lo ha incapacitado para el cielo. Ha entrenado sus poderes para luchar contra Dios; la pureza, la paz y la armonía del cielo serían para él una tortura suprema. Sus acusaciones contra la misericordia y la justicia de Dios están ahora silenciadas. El oprobio que se esforzó por arrojar sobre Jehová recae enteramente sobre él. Y ahora Satanás se inclina y confiesa la justicia de su sentencia. '¿Quién no te temerá, oh Señor, y glorificará tu nombre? porque sólo tú eres santo; por lo cual todas las naciones vendrán y adorarán delante de ti; porque tus juicios se han manifestado.' Versículo 4. Toda cuestión de verdad y error en la larga controversia ha quedado ahora clara. Los resultados de la rebelión, los frutos de dejar a un lado los estatutos divinos, han sido puestos a la vista de todos los seres creados. El resultado del gobierno de Satanás en contraste con el de Dios ha sido presentado a todo el universo. Las propias obras de Satanás lo han condenado. La sabiduría de Dios, su justicia y su bondad quedan plenamente vindicadas. Se ve que todo su proceder en el gran conflicto ha sido conducido con respecto al bien eterno de su pueblo y al bien de todos los mundos que ha creado. 'Todas tus obras te alabarán, oh Jehová; y tus santos te bendecirán.' Salmo 145:10. La historia del pecado permanecerá por los siglos eternos como un testimonio de que con la existencia de la ley de Dios está ligada la felicidad de todos los seres que él ha creado. Con todos los hechos del gran conflicto a la vista, todo el universo, tanto los leales como los rebeldes, declaran a una voz: 'Justos y verdaderos son tus caminos, tú, Rey de los santos.' Ante el universo se ha presentado claramente el gran sacrificio hecho por el Padre y el Hijo en favor del hombre. Ha llegado la hora en que Cristo ocupa el lugar que le corresponde y es glorificado por encima de principados y potestades y todo nombre que se nombra. Fue por la alegría que le fue propuesta —que pudiera llevar a muchos hijos a la gloria— que soportó la cruz y menospreció la vergüenza. Y por inconcebiblemente grande que fuera el dolor y la vergüenza, mayor es la alegría y la gloria. Contempla a los redimidos, renovados a su propia imagen, cada corazón llevando el sello perfecto de lo divino, cada rostro reflejando la semejanza de su Rey. Contempla en ellos el resultado de la angustia de su alma, y está satisfecho. Luego, con una voz que llega a las multitudes reunidas de los justos y de los impíos, declara: '¡He aquí el rescate de mi sangre! Por éstos sufrí, por éstos morí, para que pudieran habitar en mi presencia por los siglos de los siglos.' Y el cántico de alabanza asciende de los vestidos de blanco que rodean el trono: '¡Digno es el Cordero que fue inmolado, de recibir el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la bendición!' Apocalipsis 5:12. A pesar de que Satanás se ha visto obligado a reconocer la justicia de Dios, y a inclinarse ante la supremacía de Cristo, su carácter permanece sin cambios. La corriente de rebelión, como un poderoso torrente, vuelve a estallar. Lleno de frenesí, decide no rendirse en el gran conflicto. Ha llegado el momento de una última y desesperada lucha contra el Rey del cielo. Se precipita en medio de sus súbditos y trata de inspirarlos con su propia furia e incitarlos a una batalla inmediata. Pero de todos los innumerables millones a quienes ha seducido a la rebelión, ninguno reconoce ahora su supremacía. Su poder ha terminado. Los impíos están llenos del mismo odio a Dios que inspira a Satanás; pero ven que su caso es desesperado, que no pueden prevalecer contra Jehová. Su ira se enciende contra Satanás y los que han sido sus agentes en el engaño, y con la furia de los demonios se vuelven contra ellos. Dice el Señor: 'Por cuanto pusiste tu corazón como corazón de Dios, he aquí, por tanto, yo traigo sobre ti extraños, los fuertes de las naciones; y desenvainarán sus espadas contra la hermosura de tu sabiduría, y mancharán tu resplandor. A la fosa te harán descender.' 'Te arrojaré como profano del monte de Dios, y te destruiré, oh querubín cubridor, de en medio de las piedras de fuego. ... te arrojaré por tierra, te pondré delante de los reyes, para que te miren. ... te reduciré a cenizas sobre la tierra a los ojos de todos los que te miren. ... serás un terror, y nunca más serás.' Ezequiel 28:6-8, 16-19. 'Toda batalla de guerrero es con estruendo confuso, y vestiduras revolcadas en sangre; pero esto será con quema y combustible de fuego.' 'La indignación de Jehová está sobre todas las naciones, y su furor sobre todos sus ejércitos; los ha destruido por completo, los ha entregado al matadero.' 'Sobre los malos hará llover lazos, fuego y azufre, y viento terrible; ésta será la porción de su copa.' Isaías 9:5; 34:2; Salmo 11:6. Fuego desciende de Dios desde el cielo. La tierra está quebrantada. Las armas escondidas en sus profundidades son sacadas. Llamas devoradoras brotan de cada abismo bostezante. Las mismas rocas están en llamas. Ha llegado el día que arderá como un horno. Los elementos se derriten con el calor ardiente, la tierra también y las obras que en ella hay son quemadas. Malaquías 4:1; 2 Pedro 3:10. La superficie de la tierra parece una masa fundida, un vasto lago de fuego hirviendo. Es el tiempo del juicio y la perdición de los hombres impíos, 'el día de la venganza de Jehová, y el año de retribuciones por la controversia de Sion.' Isaías 34:8. Los impíos reciben su recompensa en la tierra. Proverbios 11:31. 'Serán estopa; y aquel día que vendrá los abrasará, dice Jehová de los ejércitos.' Malaquías 4:1. Algunos son destruidos como en un momento, mientras que otros sufren muchos días. Todos son castigados 'según sus obras.' Los pecados de los justos habiendo sido transferidos a Satanás, él debe sufrir no sólo por su propia rebelión, sino por todos los pecados que ha hecho cometer al pueblo de Dios. Su castigo debe ser mucho mayor que el de aquellos a quienes ha engañado. Después de que todos los que cayeron por sus engaños hayan perecido, él todavía debe vivir y sufrir. En las llamas purificadoras los impíos son finalmente destruidos, raíz y rama: Satanás la raíz, sus seguidores las ramas. La pena completa de la ley ha sido aplicada; las demandas de la justicia han sido satisfechas; y el cielo y la tierra, al contemplarlo, declaran la justicia de Jehová. La obra de ruina de Satanás ha terminado para siempre. Durante seis mil años ha obrado su voluntad, llenando la tierra de dolor y causando aflicción en todo el universo. Toda la creación ha gemido y ha estado de parto. Ahora las criaturas de Dios son liberadas para siempre de su presencia y tentaciones. 'Toda la tierra está en reposo, y está quieta; prorrumpen en cánticos.' Isaías 14:7. Y un grito de triunfo y regocijo asciende de todo el universo leal. 'La voz de una gran multitud,' 'como la voz de muchas aguas, y como la voz de grandes truenos,' se oye, diciendo: '¡Aleluya! porque el Señor Dios omnipotente reina.' Apocalipsis 19:6. Mientras la tierra está envuelta en los fuegos de la destrucción, los justos moran seguros en la Santa Ciudad. Sobre los que tuvieron parte en la primera resurrección, la segunda muerte no tiene poder. Apocalipsis 20:6. Mientras que Dios es para los impíos un fuego consumidor, para su pueblo es un sol y un escudo. Salmo 84:11. 'Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra habían pasado.' Apocalipsis 21:1. El fuego que consume a los impíos purifica la tierra. Todo rastro de la maldición es barrido. Ningún infierno que arda eternamente mantendrá ante los redimidos las terribles consecuencias del pecado. Sólo queda un recuerdo: nuestro Redentor llevará por siempre las marcas de su crucifixión. En su cabeza herida, en su costado, en sus manos y en sus pies, están las únicas huellas de la cruel obra que el pecado ha forjado. Dice el profeta, contemplando a Cristo en su gloria: 'Tenía cuernos que salían de su mano; y allí estaba el escondedero de su poder.' Habacuc 3:4. Sus manos y sus pies traspasados, el costado de donde brotó la corriente carmesí que reconcilió al hombre con Dios, allí está la gloria del Salvador, allí está 'el escondedero de su poder.' 'Poderoso para salvar,' por el sacrificio de la redención, fue por tanto fuerte para ejecutar justicia sobre aquellos que despreciaron la misericordia de Dios. Y las marcas de su humillación son su más alto honor; a través de las edades eternas las heridas del Calvario mostrarán su alabanza y declararán su poder. 'Oh Torre del rebaño, fortaleza de la hija de Sion, a ti vendrá, sí, el primer dominio vendrá.' Miqueas 4:8. Ha llegado el tiempo al que los santos han mirado con anhelo desde que la espada de fuego guardó el camino del Edén, el tiempo de 'la redención de la posesión adquirida.' Efesios 1:14. El reino y el dominio, y la grandeza del reino debajo de todo el cielo, serán dados al pueblo de los santos del Altísimo. El reino que fue perdido por el pecado ha sido recuperado, y los redimidos poseerán el reino para siempre, sí, por los siglos de los siglos. El plan de la redención habrá sido cumplido. Donde el pecado abundó, la gracia de Dios sobreabundó. La tierra misma, el mismo campo que Satanás reclama como suyo, debe ser no sólo redimida sino exaltada. Nuestro pequeño mundo, bajo la maldición del pecado la única mancha oscura en su gloriosa creación, será honrado por encima de todos los demás mundos en el universo de Dios. Aquí, donde el Hijo de Dios habitó en la humanidad; donde el Rey de gloria vivió y sufrió y murió, aquí, cuando haga nuevas todas las cosas, el tabernáculo de Dios estará con los hombres, 'y él morará con ellos, y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos, y será su Dios.' Y a través de las edades sin fin, mientras los redimidos anden en la luz del Señor, le alabarán por su Don inefable, Emanuel, 'Dios con nosotros.'" (
GC 662.1-678.3)
.