Insights from Ellen G. White's Writings
Es fundamental comprender que el llamado del ángel no implicaba una falta de poder en Cristo, sino que representaba una orden oficial del Padre para liberar al Hijo de la deuda que ya había sido pagada en su totalidad. Aunque el ángel proclamó que el Padre lo llamaba, se enfatiza que el Salvador salió de la tumba por la vida que residía en sí mismo (DA 785.2). Este acto demostró que Jesús poseía la divinidad necesaria para romper los vínculos de la muerte por su propia autoridad (CSA 43.7). Los ángeles, por el contrario, son seres creados y dependientes que no poseen vida propia ni el poder para resucitar a otros o a sí mismos. Toda hueste celestial recibe su existencia de Dios y está bajo la obligación de la ley, por lo que ningún sacrificio o poder angélico podría haber expiado el pecado humano ni vencido a la muerte (SW September 4, 1906, par. 3).
Solo Cristo, como el Hijo eterno y autoexistente, podía reclamar el poder de entregar su vida y volverla a tomar (12MR 395.3). El papel del ángel fue el de un mensajero celestial enviado para quitar la piedra y anunciar la liberación del Hijo de Dios, quien se había hecho responsable de la deuda de la humanidad. Al salir del sepulcro, Jesús proclamó triunfante que Él mismo era la resurrección y la vida, una declaración que solo la Deidad puede hacer (HLv 522). Por lo tanto, la resurrección no fue un acto realizado por el ángel, sino una manifestación del poder intrínseco de Cristo en respuesta al llamado de Su Padre (SH 76.3).
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