Insights from Ellen G. White's Writings
La fe no es un sentimiento pasivo, sino una facultad que debe ser educada y desarrollada mediante el esfuerzo consciente. Se nos insta a entrenar la mente para que ejerza la fe en lugar de permitir que se cultiven la duda, la sospecha o los celos (2MCP 533.3). Este proceso de educación espiritual requiere que hablemos, vivamos y actuemos con fe de manera constante, ya que es precisamente a través de este ejercicio activo que la fe logra incrementarse y nos permite crecer hasta alcanzar la madurez en la vida cristiana (FW 78). La naturaleza de la fe verdadera se distingue por ser un principio vivo y operante que transforma el carácter. No se trata de un simple asentimiento intelectual, sino de una "fe que obra por el amor" y tiene el poder de purificar el alma de todo egoísmo (2MCP 533.3).
Esta fe activa es la que expulsa el amor al pecado y pone al individuo en armonía con los mandamientos de Dios, transformando la voluntad humana para que coincida con la divina (YI February 17, 1898, par. 4). Sin este ejercicio práctico y diario, incluso las actividades religiosas como la oración o la predicación carecen de valor real (5T 228.3). Para que la fe crezca, debe ser puesta en práctica continuamente, especialmente frente a las dificultades. Se nos advierte que la fe solo puede aumentar mediante su ejercicio (T23 8.1).
Al avanzar paso a paso, debemos revelar esa fe que purifica el corazón (1SM 114.4). Incluso cuando no podemos comprender los propósitos de Dios o las consecuencias de Sus tratos con nosotros, la fe se fortalece al seguir creyendo y aferrándose al único poder que puede completarnos (Te 195.4). Finalmente, el ejercicio de la fe es indispensable para el proceso de santificación y el servicio a los demás. Cada día debemos movernos bajo la guía del poder de Dios, permitiendo que Su Espíritu controle nuestra vida y elimine cualquier rastro de egoísmo (PrT August 31, 1899, par. 2).
Esta fe viva actúa como una llave que abre el tesoro divino de poder y sabiduría, permitiendo que Dios realice maravillas a través de instrumentos humanos (5T 228.3). Es un principio que debe despertar en cada creyente una acción santificada para el beneficio de quienes perecen sin la verdad (SW March 1, 1904, par. 9) (CS 51.2).
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