Ellen White advirtió que debemos ser sumamente cuidadosos con lo que permitimos entrar en nuestros hogares, señalando que el enemigo está detrás de influencias mundanas y sensacionalistas. Ella explicó que "parece como si el enemigo estuviera en el fundamento de la publicación de muchas cosas que aparecen en los periódicos" (
3SM 211.1), y sentía la necesidad de ocultar tales cosas para que no fueran vistas por la familia.
En sus escritos, ella enfatizó la importancia de proteger el ambiente del hogar para evitar que influencias espirituales negativas tomen control. Ellen White instó a que "debemos guardar cuidadosamente la vista de nuestros ojos y el oído de nuestros oídos, para que estas cosas terribles no entren en nuestras mentes" (
3SM 211.1). Esta vigilancia es necesaria porque el enemigo utiliza elementos pecaminosos y sensacionalistas para exponer la iniquidad del mundo ante nosotros y nuestros hijos, buscando un lugar en nuestros pensamientos.
Además, ella enseñó que todo lo que poseemos es una prueba de nuestra lealtad a Dios. Ya sean "los tesoros de la riqueza o del intelecto, deben ser colocados, como una ofrenda voluntaria, a los pies de Jesús" (
5T 736.2). Si mantenemos cosas que nos separan de Dios o que sirven a los propósitos del enemigo, estamos fallando en la prueba de nuestro amor por Él. En contraste, ella recordaba con aprecio cuando sus únicas posesiones terrenales le permitían disfrutar de "paz mental y una conciencia limpia", lo cual valoraba por encima de las comodidades terrenales (
LS 107.3).
Para la aplicación práctica, esto significa que debemos evaluar constantemente lo que introducimos en nuestra casa, desde lecturas hasta objetos y conversaciones. Ellen White advirtió que "nuestras palabras, nuestros actos, nuestra vestimenta, nuestro comportamiento" (
MYP 417) tienen una influencia que produce una cosecha para el bien o para el mal. Mantener el hogar libre de cosas que tienen al "enemigo en su fundamento" es esencial para preservar la espiritualidad de la familia.
En conclusión, aunque debemos ser administradores de lo que Dios nos da, debemos ser vigilantes para no albergar nada que dé ventaja al enemigo sobre nuestras mentes o las de nuestros hijos.
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