Insights from Ellen G. White's Writings
La profecía bíblica no solo describe el propósito y la forma del regreso de Cristo, sino que también proporciona indicadores específicos en el mundo natural para que la humanidad reconozca la proximidad de ese evento (GC 304.1). Estas señales cósmicas incluyen fenómenos en el sol, la luna y las estrellas, los cuales sirven como heraldos que anuncian que la venida del Hijo del Hombre está a las puertas (LDE 19). Entre estos eventos se destacan el oscurecimiento del sol, la apariencia de la luna como sangre y la caída de las estrellas desde el firmamento (SJ 175.5).
El Salvador estableció un marco cronológico para la aparición de estas señales, vinculándolas con el periodo posterior a la gran tribulación (DA 631.2). Según el registro profético, el primer conjunto de estas señales incluye un gran terremoto, seguido por el sol volviéndose negro como tela de cilicio y la luna adquiriendo un color rojizo (GC88 304.1). Estos fenómenos celestiales actúan como testimonios de la cercanía del fin, precediendo al momento en que los poderes del cielo serán conmovidos y se manifieste la señal del Hijo del Hombre en las nubes (HLv 424).
Además de las señales que preceden a la segunda venida, la historia sagrada registra otros fenómenos cósmicos que testificaron la misión de Cristo en la tierra. Entre estos se encuentran la estrella que guio a los magos de oriente y las manifestaciones celestiales durante su bautismo (DA 406.2). Sin embargo, para los últimos días, la aparición de una nube blanca en el cielo se identifica como la señal definitiva de la presencia del Hijo del Hombre, culminando la serie de advertencias dadas a través de los astros y la naturaleza (1SAT 50.2).
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La relación entre el gran terremoto de Lisboa y las señales cósmicas se establece a través del cumplimiento de la profecía bíblica sobre el fin de los tiempos. Según el registro profético, antes del segundo advenimiento de Cristo, deben manifestarse señales específicas en el mundo natural para que la humanidad reconozca la proximidad de ese evento (GC 304.1). El terremoto de Lisboa se identifica como el cumplimiento inicial de esta serie de presagios, siendo descrito como el primero de los grandes signos que preceden a la venida del Hijo del Hombre (GC88 304.1). Este fenómeno sísmico, ocurrido en el año 1755, destaca por su magnitud sin precedentes y su alcance geográfico, extendiéndose por Europa, África y América (GC88 304.2).
La descripción de este evento subraya su carácter extraordinario, mencionando cómo afectó regiones tan distantes como Groenlandia y las Antillas, y cómo generó olas masivas que devastaron las costas de España y África (HF 189). En la ciudad de Lisboa, la catástrofe se manifestó con un estruendo subterráneo seguido de un choque violento que resultó en la pérdida de miles de vidas en pocos minutos (GC 305.1). Dentro del esquema profético, el terremoto de Lisboa actúa como el precursor terrestre de las señales que posteriormente se manifestarían en el firmamento, tales como el oscurecimiento del sol y la apariencia de la luna como sangre (GrH_c 39.1).
Estos eventos en conjunto forman una cadena de advertencias divinas diseñadas para que los creyentes comprendan que el día del Señor está cerca, incluso a las puertas (LDE 19). Mientras que los conflictos entre naciones representan el sacudimiento de los poderes terrenales, estos fenómenos en la naturaleza y el cosmos señalan una intervención divina directa en la historia humana (CET 111.2).
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El oscurecimiento del sol ocurrido el 19 de mayo de 1780, conocido históricamente como el "día oscuro", posee una importancia profética fundamental al identificarse como el siguiente gran hito tras el terremoto de Lisboa (HF 190). Este fenómeno no fue un evento aleatorio, sino que su cumplimiento cronológico fue señalado con precisión por Cristo en el discurso del monte de los Olivos, situándolo específicamente después del periodo de gran tribulación de los 1260 años de persecución papal (GC 306.1). Dado que dicha persecución había cesado casi por completo un cuarto de siglo antes de 1798, el evento de 1780 encaja perfectamente en el marco temporal profetizado (GC88 305.3).
La magnitud de este evento lo distingue de cualquier otro fenómeno natural similar registrado desde los tiempos de Moisés, destacando por su densidad, extensión y duración excepcionales (GC 308.1). En diversas regiones, especialmente en el noreste de América del Norte, la oscuridad fue tan profunda que obligó a las personas a encender velas al mediodía, y la luna, a pesar de estar llena, no emitió luz alguna hasta después de la medianoche (SJ 176.3). Esta manifestación física es considerada un eco directo de las advertencias dadas por el profeta Joel siglos antes de su cumplimiento (HF 192.1).
Desde una perspectiva teológica, este oscurecimiento actúa como un heraldo divino que anuncia la proximidad del día del Señor y el juicio final (SJ 176.3). Al no existir una explicación científica satisfactoria que agote el significado de esta oscuridad antinatural, el evento permanece como una señal confirmatoria de la veracidad de las palabras de Cristo respecto a su segunda venida (SJ 176.3). Junto con la posterior apariencia de la luna como sangre, este fenómeno constituye una advertencia solemne para que la humanidad reconozca las escenas finales del gran conflicto que se desarrollan ante sus ojos (1888 802.1).
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La relación entre el fin de los 1260 años y las señales celestiales es de carácter cronológico y profético, establecida directamente por las palabras de Cristo. El período de los 1260 años, que representa la supremacía y persecución papal, concluyó formalmente en el año 1798 (GC 306.1). Sin embargo, el Salvador indicó que los eventos cósmicos que anunciarían su venida debían ocurrir en estrecha proximidad al final de este tiempo de tribulación, específicamente después de que la intensidad de dicha persecución hubiera disminuido (GC88 305.3). De acuerdo con el marco profético, el oscurecimiento del sol y de la luna debía manifestarse "en aquellos días", refiriéndose al tiempo final de los 1260 años, pero "después de esa tribulación" (HF 190).
Aunque el período profético completo no terminó hasta 1798, la persecución activa contra los fieles había cesado casi por completo unos veinticinco años antes de esa fecha (GC 306.1). Fue precisamente en este intervalo, el 19 de mayo de 1780, cuando se cumplió la primera gran señal en el cielo con el oscurecimiento extraordinario del sol (GC88 305.3). Esta secuencia de eventos demuestra una armonía perfecta en el cumplimiento de la profecía. El hecho de que las señales comenzaran a aparecer antes de que terminaran cronológicamente los 1260 años, pero después de que la tribulación fuera acortada, valida la precisión del discurso profético de Cristo (HF 190).
Estas manifestaciones en el firmamento sirven como hitos que conectan el fin de la larga era de persecución medieval con el inicio del "tiempo del fin" y el posterior mensaje del juicio que surgiría hacia 1844 (SW January 24, 1905, par. 3).
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El inicio del tiempo del fin está intrínsecamente ligado al cumplimiento de las profecías de Daniel, las cuales presentan una sucesión de eventos históricos que conducen al cierre de la historia de este mundo (CIHS 99.3). Un hito fundamental es el cumplimiento de los 1260 años de supremacía papal, que terminaron en 1798. Solo al llegar a este periodo, denominado el "tiempo del fin", se pudo desellar la parte de la profecía de Daniel que se refiere a los últimos días, permitiendo que el conocimiento de estas verdades aumentara y se proclamara el mensaje del juicio (GC 355.3). Otro evento histórico de suma importancia que marca este periodo es el cumplimiento de la profecía de los 2300 días de Daniel 8:14, la cual señala hacia la purificación del santuario (CIHS 6).
Para comprender estos periodos, se aplica el principio de interpretación de día por año, donde un día profético equivale a un año calendario (HF 413.2). Esta cronología permitió a los estudiosos de la Biblia identificar el inicio del juicio investigador como un evento central del tiempo del fin, basándose en una cadena de hechos históricos que se extienden desde los imperios antiguos hasta la época contemporánea (2SM 102.1). Además de estos periodos extensos, las profecías de Daniel detallaron con precisión eventos relacionados con la primera venida de Cristo, como las setenta semanas que representaban 490 años (HLv 147).
El decreto de Artajerjes en el año 457 a.C. para restaurar y edificar Jerusalén sirvió como el punto de partida histórico para estas cronologías (PK 698.1). El cumplimiento exacto de estos eventos pasados, como el bautismo de Jesús en el año 27 d.C., brinda la certeza de que las señales y eventos predichos para el tiempo del fin, incluyendo el juicio final, son igualmente precisos y están en proceso de cumplimiento (PK 698.1). Actualmente, nos encontramos en un periodo donde la historia se registra con rapidez en los libros del cielo y las naciones muestran una agitación que precede a la batalla final (ChS 51.5).
Las visiones de Daniel y Juan describen este tiempo como uno de oscuridad moral, pero también como el momento en que los fieles deben observar las señales y regocijarse porque su redención está cerca (5T 9.2). La comprensión de estos eventos históricos y proféticos constituye el fundamento del mensaje que debe darse al mundo en estos últimos días (2SM 102.1).
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