Qué dice acerca cuando Jesus lloro viendo a Jerusalén?

El llanto de Jesús sobre Jerusalén desde la cumbre del monte de los Olivos representa un momento de agonía intensa e irreprimible que contrastaba profundamente con la alegría de su entrada triunfal. Mientras la multitud lo aclamaba como Rey y agitaba palmas, el Redentor del mundo se vio abrumado por una tristeza misteriosa y profunda (GC 18.1). Este dolor no era un simple pesar ordinario, sino una angustia por la ceguera e impenitencia de aquellos a quienes Él había venido a salvar (4SP 17.2). Es significativo notar que las lágrimas de Cristo no eran por su propio sufrimiento inminente. Aunque desde ese lugar podía ver el Getsemaní, la puerta de las ovejas por donde pasaría como sacrificio y el Calvario, no fue la anticipación de su propia agonía sobrehumana lo que nubló su espíritu (GC88 18.1).

Su llanto fue provocado por el rechazo de Su amor y la desestimación de Su misericordia por parte del pueblo elegido, quienes pronto se convertirían en sus propios verdugos (YI February 28, 1901, par. 2). La causa principal de este lamento fue la culpabilidad y la obstinación de Israel, una nación que había recibido todas las ventajas posibles pero que estaba a punto de rechazar a su Rey (3TT 218.1). Jesús lloró porque, a pesar de haber agotado todos los recursos para salvar a la ciudad, los habitantes habían rechazado las advertencias del Espíritu de Dios, quedando así sin medios de ayuda (HLv 390.4).

Sus lágrimas eran la expresión de un amor rechazado que, con voz de angustia, lamentaba no haber podido cobijar a los hijos de Jerusalén como una gallina junta a sus polluelos (YI February 28, 1901, par. 2). Finalmente, este episodio tiene una aplicación que trasciende el tiempo y el espacio. Las lágrimas derramadas sobre Olivet no fueron solo por la ciudad de Israel; en su destino, Jesús contempló la destrucción futura del mundo entero (COL 302.3). Además, se nos advierte que Cristo todavía llora hoy por la dureza de corazón de aquellos que, profesando ser sus colaboradores, se mantienen indiferentes ante la condición de las ciudades impías y la pérdida de las almas.


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