Insights from Ellen G. White's Writings
La función del Espíritu Santo en la vida de oración es fundamental, ya que actúa como el agente divino que capacita al creyente para comunicarse con Dios de manera efectiva. El Espíritu no solo suaviza el corazón y aclara la mente para que podamos discernir nuestras verdaderas necesidades, sino que también despierta un hambre y sed de justicia que nos impulsa a buscar al Señor con sinceridad (8MR 195.3). Esta obra de intercesión es vital porque, por nuestra propia cuenta, a menudo desconocemos qué pedir o cómo hacerlo correctamente, pero el Espíritu suple nuestra debilidad intercediendo por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras (LLM 51.5). Toda oración que es genuina y aceptable ante el Trono de la Gracia es inspirada originalmente por el Espíritu Santo. Cuando una persona depende totalmente de los méritos de Cristo, el Espíritu ilumina su entendimiento y redacta en su interior oraciones de confesión y arrepentimiento que armonizan con la voluntad divina (PC 326.3).
Esta intercesión no es algo ajeno a la voluntad de Dios, sino que, al ser el Espíritu también Dios, conoce perfectamente la mente del Padre y guía al suplicante a pedir en conformidad con los propósitos celestiales (2MR 36.2). La intensidad y el fervor que a veces acompañan a la oración son, en realidad, una evidencia de la operación del Espíritu en el alma. Cuando un individuo eleva una petición con una seriedad profunda y una intensidad que parece indescriptible, esos "gemidos indecibles" son una señal de que Dios está obrando y representan una promesa de que Él responderá más allá de lo que podemos imaginar (COL 147.3). Por lo tanto, no basta con orar solo en el nombre de Jesús; es necesario que la oración sea encendida e inspirada por el Espíritu Santo para que alcance el propiciatorio (Pr 220.2).
Finalmente, esta obra intercesora del Espíritu está íntimamente ligada al ministerio de Cristo en el santuario celestial. Mientras Cristo intercede por la humanidad en las cortes de arriba, el Espíritu trabaja en los corazones aquí en la tierra, despertando arrepentimiento, gratitud y alabanza. Al someter nuestra voluntad a la Suya, permitimos que el Espíritu actúe en nosotros de tal manera que nuestras peticiones se conviertan en un reflejo de la vida de Cristo en el creyente (4MR 334.3).
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