Insights from Ellen G. White's Writings
La práctica del ayuno y la oración es presentada como una necesidad vital para el pueblo de Dios, especialmente al acercarnos a las crisis finales de la historia. Se nos insta a apartar días específicos para este propósito, buscando no nuestra propia sabiduría, sino la dirección divina. Sin embargo, el ayuno no siempre requiere una abstinencia total de alimentos; en muchos casos, consiste en privarse de platillos elaborados para participar de una dieta sumamente sencilla y plana (13MR 330.2). El verdadero ayuno que Dios acepta va mucho más allá de la simple privación física o de seguir una forma externa. Para que esta práctica tenga valor, debe ir acompañada de un espíritu quebrantado, una humildad profunda y el abandono de cualquier curso de acción que nos aleje de Dios. Sin una reforma interna y un examen de conciencia para confesar y abandonar el pecado, el ayuno y la oración no lograrán los resultados deseados (14MR 101.2), (2T 145.1). La esencia del ayuno bíblico se encuentra en la abnegación y en el servicio activo hacia los demás. Se nos instruye que el ayuno elegido por el Señor implica desatar ligaduras de impiedad, ayudar a los oprimidos y mostrar compasión práctica hacia el hambriento y el necesitado. Cuando el corazón se limpia de la vanidad y se dedica a satisfacer las necesidades del afligido, la promesa es que la luz espiritual brillará con fuerza y la guía del Señor será continua (PH097 57.1), (CH 377).
Finalmente, se enfatiza que cualquier acto de humillación externa carece de valor si no existe un trabajo interno de la gracia. El ayuno no debe ser una exhibición de piedad para ser vistos por otros, sino una expresión de tristeza genuina por el pecado y una búsqueda de pureza total, tanto física como espiritual. En tiempos de preparación espiritual, se requiere que el creyente se limpie de toda impureza para poder presentarse ante la gloria de Dios (MB 87),.
La perspectiva de Elena White sobre el ayuno no se limita a un día específico de la semana, sino que se centra en la preparación espiritual y la actitud del corazón. Se recomienda que el pueblo de Dios aparte días para el ayuno y la oración, especialmente ante las crisis que enfrenta el mundo, sin prohibir que estos momentos de búsqueda intensa ocurran en días de descanso o reunión espiritual (13MR 330.2). Es importante notar que el ayuno no siempre implica una abstinencia total de alimentos, lo cual es relevante al considerar el sábado como un día de delicia. En lugar de privarse por completo, se sugiere practicar la abnegación mediante una dieta muy sencilla y plana, evitando los alimentos que se disfrutan habitualmente (13MR 330.2). Esta forma de ayuno permite mantener la claridad mental para la adoración sin descuidar la salud (TSDF 141).
El propósito principal de esta práctica, independientemente del día, es lograr una comunión más profunda con Dios y un examen de conciencia riguroso. El ayuno carece de valor si el corazón está alejado de Dios o si no hay un arrepentimiento genuino de los pecados (CH 377). Por lo tanto, si se decide ayunar en sábado, el enfoque debe ser la humildad del alma y la dependencia total en los méritos de Cristo (HL 236.3). Finalmente, la verdadera reforma consiste en vivir para la gloria de Dios en todo lo que comemos o bebemos, practicando la templanza como una parte integral de nuestra salvación (Ev 265.2).
El ayuno aceptable es aquel que nos lleva a abandonar hábitos perjudiciales y a someter nuestros apetitos a la voluntad divina, transformando nuestro carácter para estar preparados ante el Señor (SpM 427.5), (BTS July 1, 1902, par. 6).
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