Insights from Ellen G. White's Writings
La cuestión de la protección angelical es un tema profundo en los escritos de Ellen White, donde se destaca que existe una distinción importante basada en la relación del individuo con Dios. Se enseña específicamente que cada seguidor de Cristo tiene asignado un ángel guardián personal para protegerlo de las agencias del mal que actúan incansablemente en el mundo (GrH_c 7). Esta protección es una promesa directa para aquellos que temen al Señor y confían en Su cuidado (GrH_c 7). Sin embargo, la función de los ángeles no se limita únicamente a quienes ya son creyentes firmes. Los ángeles celestiales también reciben la comisión de ministrar a personas que están siendo atraídas por la influencia de la verdad, trabajando activamente para suavizar sus corazones y prepararlos para aceptar el mensaje de Cristo (3T 198.2).
Esto sugiere que el cielo trabaja en favor de aquellos que están en proceso de conversión o bajo el alcance del evangelio, buscando ganar sus almas (3T 198.2). Por otro lado, existe una advertencia solemne respecto a quienes persisten en la transgresión y el descuido de los mandamientos divinos. Se explica que, especialmente en el tiempo de angustia previo a la venida de Cristo, no habrá seguridad para quienes desobedecen voluntariamente la ley de Dios (PP 256.1). En ese período crítico, los ángeles no podrán proteger a quienes viven en negligencia de sus deberes conocidos o de los preceptos expresos de Jehová (3SG 196.1).
En resumen, mientras que los seguidores de Cristo cuentan con la seguridad de una guardia constante frente a los poderes de las tinieblas (GrH_c 7), aquellos que rechazan la autoridad divina y persisten en el pecado se colocan fuera de esa protección especial (TA 268.2). La seguridad de la vida a través de la ministración angelical está íntimamente ligada a la obediencia y a la fidelidad hacia Dios (1SP 176.1).
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La intención de Satanás hacia la humanidad es profundamente destructiva y se origina en su enemistad personal contra Cristo. Debido a que los seres humanos son los objetos del amor y la misericordia de Dios, el enemigo busca desfigurar y manchar la obra de la creación divina para causar dolor en el cielo y llenar el mundo de desolación (GC 506.1). Su objetivo final no es solo el engaño, sino la destrucción total de la raza humana, y se afirma que, si se le permitiera, barrería a cada descendiente de Adán en su red (GC88 534.2). Este adversario es descrito como un enemigo mortal y astuto que trabaja con perseverancia para atrapar a los incautos, especialmente a los jóvenes, mediante redes que parecen inocentes pero que están diseñadas para el enredo espiritual (MYP 373.2).
Su estrategia consiste en tentar al hombre a pecar para luego destruirlo, regocijándose en la ruina que ha provocado una vez que se asegura de su víctima (GC88 534.2). Esta labor destructiva es constante, pues ángeles malignos siguen el rastro de las personas en cada momento, aprovechando cualquier descuido para ganar terreno (MYP 61.1). En el conflicto final, la rabia de Satanás aumenta porque sabe que su tiempo es corto y ve cómo el conocimiento de la verdad se extiende por el mundo (EducationalMessenger September 11, 1908, par. 3).
Como un general poderoso, utiliza todos los métodos imaginables para cerrar la puerta a la luz divina y someter al mundo entero bajo sus filas (3SM 389.3). Solo mediante la interposición del poder divino y el uso de la Palabra de Dios como arma defensiva pueden los seres humanos resistir sus esfuerzos por vencerlos y destruirlos (GC88 534.2) (MYP 61.1).
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La presencia de los ángeles en lugares inapropiados es un tema de gran solemnidad en los escritos de Ellen White. Se explica que, aunque los ángeles celestiales son enviados para proteger a los hijos de Dios del mal, su presencia en lugares o actividades que no cuentan con la aprobación divina no es para validar tales acciones. Por el contrario, se describe que estos seres celestiales pueden estar presentes en escenarios inapropiados sintiéndose afligidos y avergonzados por la conducta de quienes profesan ser hijos e hijas de Dios (8MR 159.3). En tales ocasiones, los ángeles actúan como testigos que desaprueban la exhibición y advierten sobre las consecuencias futuras de persistir en ese camino (8MR 159.3). Existe un riesgo real al alejarse voluntariamente del cuidado divino. Se enfatiza que la seguridad absoluta solo se encuentra cuando las personas se colocan bajo la protección de Dios, quien envía a Sus ángeles para mantener a Sus hijos alejados del mal. Sin embargo, cuando los individuos eligen participar en actividades que deshonran a Dios, se exponen a la influencia de agencias negativas. De hecho, se advierte que ángeles caídos, disfrazados de seres de luz, pueden escoltar a las personas en caminos de orgullo y jactancia que resultan ofensivos para el Cielo (3SM 43.1).
La labor de los ángeles es dinámica y se intensifica donde hay mayor necesidad espiritual. Estos mensajeros celestiales están presentes especialmente con aquellos que enfrentan las batallas más duras contra sus propias inclinaciones o entornos desalentadores (15MR 190.3). No obstante, hay un límite para esta intercesión protectora. Se enseña que llegará un momento en que el Espíritu de Dios se retirará y los ángeles dejarán de contener los vientos de las pasiones humanas, permitiendo que el mundo caiga en una ruina total bajo el control de Satanás (HF 373.3). Por lo tanto, la protección angelical está íntimamente ligada a la disposición del corazón de seguir la verdad y permanecer bajo el refugio divino.
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La promesa de una recompensa celestial es presentada en los escritos de Ellen White como un acto personal y solemne realizado por Cristo mismo. Se describe que, antes de entrar en la Ciudad de Dios, el Salvador organiza a los redimidos y coloca con Su propia mano derecha una corona de gloria sobre la cabeza de cada vencedor (GC 645.3). Estas coronas no son genéricas, sino que cada una lleva grabado el "nombre nuevo" del individuo, junto con una inscripción que reconoce su santidad ante el Señor (Hvn 59.1). Esta corona representa la victoria final en el conflicto espiritual y está reservada para aquellos que perseveran en la fe. Se enfatiza que el Señor desea que cada persona alcance esta corona de vida, la cual está vinculada a la promesa de que su nombre no será borrado del libro de la vida, sino confesado ante el Padre y Sus ángeles (20MR 62.4).
Sin embargo, existe una advertencia sobre la necesidad de mantener la fidelidad para que nadie tome esa corona que ha sido preparada para el creyente (13MR 280.3). El simbolismo de la corona se extiende a otros elementos de victoria que reciben los redimidos, como palmas y arpas de oro, en un ambiente de gozo inefable (DD 51.3). Se describe que incluso personajes bíblicos como Enoc poseen coronas y emblemas que testifican de su pureza y victoria (TA 68.2).
Al final, todos los que han peleado la buena batalla de la fe recibirán esta corona de gloria que no se marchita, la cual eventualmente arrojarán a los pies de Jesús en un acto de adoración y gratitud (2SAT 114.3).
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La idea de que los niños serán entregados a "Eva" en la resurrección surge de una carta personal y un artículo escrito por Ellen White tras la muerte de la hija de su propia hermana gemela, una pequeña llamada Eva. En este contexto, se expresa el deseo de que la madre de esa niña en particular esté presente en el cielo para que la pequeña Eva pueda descansar nuevamente en sus brazos (2SM 259). No se refiere a Eva, la madre de la humanidad, sino a una niña específica del siglo XIX cuya madre recibió este mensaje de consuelo (YI April 1, 1858, par. 3). En términos generales, la enseñanza describe un momento de gran alegría cuando los niños pequeños salen de sus tumbas con inmortalidad. Se explica que estos infantes vuelan inmediatamente hacia los brazos de sus madres, permitiendo un reencuentro donde nunca más tendrán que separarse (LDE 293).
Los ángeles desempeñan un papel crucial en este proceso, pues son ellos quienes llevan a los niños pequeños para entregarlos a sus madres (TA 279.3). Sin embargo, se reconoce la triste realidad de que muchos niños no encontrarán a sus madres en aquel día. En tales casos, cuando no se escucha el canto de triunfo de la madre, los ángeles reciben a estos niños huérfanos y los conducen personalmente hacia el árbol de la vida (Hvn 45.2). Es allí donde Jesús mismo coloca sobre sus pequeñas cabezas una corona, descrita como un anillo de luz dorada (2SM 260.2).
Este panorama resalta la compasión divina hacia los más vulnerables y la restauración de los lazos familiares que fueron rotos por la muerte. La mención de "Eva" en los escritos originales es un recordatorio de la esperanza que tienen los padres de volver a ver a sus hijos que "duermen en Jesús", quienes regresarán de la tierra del enemigo con una belleza inmortal (2SM 259).
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